17 feb. 2018

El día que las verdades de Solzhenitsyn lleguen a La Habana

Si Alexander Solzhenitsyn no hubiera escrito Archipiélago Gulag (1973), la izquierda mundial no se hubiera dado por enterada de los crímenes de Iósif Stalin. Fue ese libro, como advirtió hace poco Jordan B. Peterson, el que los dejó sin excusas y los obligó a replantearse su discurso.
“Después de Solzhenitsyn ni los más dogmáticos, ¡ni los intelectuales franceses!, pudieron seguir justificando el comunismo. ¿Qué hicieron entonces Derrida y los posmodernos? Una maniobra tramposa y brillante. Sustituyeron el foco del debate: de la lucha de clases a la lucha de identidades”, dice Peterson.
La semana pasada me compré un libro que reúne Ego y En el filo, los primeros dos relatos que publicó Solzhenitsyn después de su regreso a Rusia, en 1994. En el primero, aborda la Rebelión de Tambov, el mayor levantamiento campesino contra los bolcheviques.
En el segundo, relata la vida de Gueorgui Zhúkov, el genial estratega del Ejército Rojo que, antes de ganarle grandes batallas al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial, llegó a usar armas químicas para aplastar a los cooperativistas insurgentes de Tambov.
Terminé de leer el libro de Solzhenitsyn el mismo día que se conmemoraba el 45 aniversario del asesinato de Francisco Caamaño. En 1973, después de recibir entrenamiento en Cuba, la guerrilla de Caamaño desembarcó en República Dominicana. 13 días después fue derrotada, solo 3 hombres sobrevivieron.
Para referirse a la participación del coronel Caamaño en la masacre de Palma Sola, los comentaristas de un popular programa de radio citaron a Fidel Castro. Las palabras del dictador cubano sobre el militar dominicano les sirvieron para lavar sus culpas en la aniquilación de un movimiento mesiánico y popular.
Stalin, Zhúkov, Caamaño y Fidel. El azar quiso juntarlos delante de mí a través de un libro y de un largo trayecto escuchando la radio. Entonces volví a pensar en Solzhenitsyn y en la importancia de que existan obras como Archipiélago Gulap, Ego y En el filo, para documentan crímenes y desnudar dictadores.
Llegará el día en que las verdades de Solzhenitsyn lleguen a La Habana. Sus libros serán muy útiles para que las calles en Cuba dejen de ser, como reza en un cartel de la dictadura, exclusivamente de los “revolucionarios”. Es decir, de la represión, las excusas y las mentiras.

15 feb. 2018

Bistec del día anterior

Cuando era pequeño solo me comía el bistec si era del día anterior. Mi madre, después de intentarlo de todas las formas posibles, se dio por vencida. Me lo guardaba en una vieja cantina que había sido de mi abuelo, de la época en que trabajaba como jefe de estación relevante.
Eran tiempos de mucha escasez y, para que yo pudiera comer carne, mi padre corría el riesgo de ir a la cárcel. Se la compraba a matarifes clandestinos en las lomas del Escambray. La bajaba al pueblo escondida en la goma de repuesto de su viejo camión Dodge.
Entonces mis padres aún no se habían divorciado y vivíamos en Manicaragua. Para poder freírme el bistec, mi madre esperaba a que los vecinos estuvieran para el trabajo o dormidos. Luego lo calentaba con el mismo sigilo. “Qué trabajo me dabas, mijo”, solía reclamarme cada vez que contaba aquello.
Entonces yo tenía 4 años y ella 34. Ahora, que tengo 50 y ella 80, ha llegado el momento de que sea yo quien pase trabajo. Además de los achaques de la edad, tiene párkinson y demencia senil. A veces solo me reconoce a mí. Todos los días, a la hora del almuerzo, tengo que insistirle mucho para que se coma la carne.
Diana se fue de viaje hoy, por eso ayer hicimos una de nuestras comidas favoritas: congrí, bistec a la plancha y ensalada de tomates y aguacate. Como mi madre y yo estamos solos, se calentó lo que sobró de ayer. Cuando acabé de picarle el bistec, tal como me lo hacía ella, me miró feliz.
—Bistec del día anterior —me dijo—, ¡qué rico!
Aunque sé que sus recuerdos son mínimos y rara vez da con ellos, su frase me sonó a venganza, a una dulce y hermosísima venganza que primero me sacó una sonrisa y después —no les voy a mentir— las lágrimas.

13 feb. 2018

Viejos anuncios de Spam

Para Joseph Brodsky el sabor del Spam era muy parecido al de la poesía. Esas latas, lanzadas sobre Leningrado, le salvaron la vida a él y a su familia. “En el principio fue la carne enlatada. Para ser más precisos, en el principio fue la guerra”, así comienza uno de sus ensayos, en el que narra el asedio a su ciudad natal.
Mi abuelo tenía una colección de viejas National Geographic. Me las prestaba con la condición de que las cuidara tanto como él. Yo no las quería para leerlas, sino para ver los anuncios de trenes. Páginas y páginas a todo color con los grandes trenes de viajeros que atravesaban Estados Unidos en la era dorada del ferrocarril.
Algo más llamaba mi atención en aquellas revistas: los anuncios de Spam. Me imaginé tantas veces aquellos sabores que todavía aprovecho los fines de semana para complacer al niño que fui. A veces, cuando estamos en la Loma, hago huevos fritos y Spam en el desayuno.
“Si alguien sacó provecho de la guerra fuimos nosotros: sus niños”, dice Brodsky después de contar todos los juegos que se inventaba con las latas de Spam vacías. En el Paradero de Camarones de los años 70 no estábamos en guerra, pero las escaseces nos mantenían sitiados.
Por eso puedo entender lo que significaban para el poeta aquellas latas que lanzaban sobre Leningrado. El próximo sábado, a la hora del desayuno, el niño que fui se parará a mi lado. Tendrá la vista fija en el sartén, estará recordando los sabores que se imaginaba frente a una colección de viejas National Geographic.

12 feb. 2018

Una larga fila de locomotoras muertas

Hace solo 8 años Correos de Cuba emitió Trenes, una serie filatélica dedicada a los esfuerzos del régimen para revertir la paupérrima situación de los Ferrocarriles de Cuba. En el sello de 5 centavos aparece Fidel Castro, junto a su escolta, bajándose de una locomotora recién llegada al país.
En los sellos de 1.05 pesos y 10 centavos, se reproducen los dos modelos de locomotoras adquiridas en China. La DF7G-C y la DF7K-C, de 2.500 y 1.400 caballos de fuerza respectivamente. El resto de las estampas están dedicadas a nuevos vagones de carga.
En el sello de 15 centavos aparece un silo, en el de 65 una plancha y en el de 75 una casilla. En todos se especifica que los equipos son iraníes. La historia de Cuba también se puede contar a través del origen de las locomotoras y los vagones que han circulado por sus vías férreas.
Antes de 1959, el país solo contó con locomotoras y vagones procedentes de Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. En 1964 llegaron las primeras locomotoras soviéticas. Luego, en 1969, arribó al puerto de La Habana un lote de 70 máquinas húngaras que Yugoslavia le había devuelto al CAME.
Unas casillas rumanas, recibidas para transportar azúcar en la zafra de los 10 millones, se convirtieron en los coches de pasajeros donde se movió el país durante la crisis de los 90. Cuando Fidel Castro en persona fue a recibir a las locomotoras chinas, reconoció que los ferrocarriles estaban a punto de colapsar.
Doce años después de aquel hecho, que mereció grandes titulares y frases triunfalistas, en la Estación Central hay una larga fila de locomotoras muertas. El trayecto que comenzó con una serie filatélica de seis sellos, termina en la carrilera número 1 de la terminal de carga.
Ese apartadero, como el resto de la geografía nacional, tiene un fracaso que contar. Esas locomotoras, como el país, acabaron en la inmovilidad. Sus viajes, como los de 11 millones de cubanos, fueron desviados hasta un punto en el que ya no hay salida.


11 feb. 2018

CAMILO VENEGAS: “Siempre acabo refugiándome en la soledad de las palabras”

Cuando El Fogonero cumplió 10 años, en 2016, comencé una serie de pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. La intención sobrepasó los límites de aquella fiesta. Aún sigo enviando interrogantes y recibiendo respuestas.
El día que Marianela Boán recibió sus preguntas, me amenazó con hacerme una entrevista. Poco después, ella y Alejandro me hicieron llegar un interrogatorio. Este diálogo no es más que una transcripción resumida de las conversaciones que tenemos, casi a diario, nosotros tres junto a Diana Sarlabous.


Por Marianela Boán y Alejandro Aguilar

Marianela lo conoció en los años 80, cuando estudiaba teatro en Cubanacán y formaba parte de un grupo que rechazaba cualquier tradición y trataba de imponer la extrema vanguardia. Desapareció de La Habana para hacer su tesis de graduación en las minas de Moa, en el extremo oriente de Cuba, con actores aficionados.
Yo lo conocí en los 90 del hambre y la profunda creatividad. Cuando volvió a La Habana y ganó un importante premio de poesía.  Desde su partida de Cuba, en el 2000 (y la nuestra tres años más tarde), no volvimos a verlo hasta un tiempo después, en varias de nuestras visitas a República Dominicana.
Entonces ya hacía periodismo y producía contenidos para campañas de publicidad y estrategias de comunicación. Luego nosotros también nos asentamos aquí y la amistad se fue haciendo más fuerte hasta que nos hermanamos.
Camilo es un creador de fábulas y crónicas, un comunicador extraordinario y un estudioso obsesivo de todo lo que le interesa, desde los ferrocarriles, hasta la naturaleza o la música (sobre todo la de Andrés Calamaro). Pero es, sobre todo, un inconforme, un guajiro del Paradero de Camarones que vive enamorado de la tierra, de la vida simple y de las almas sencillas.
Casi siempre coincidimos. A veces, cuando no nos ponemos de acuerdo, discutimos muchísimo y hasta nos peleamos ("flor amarilla, flor colorá…"). Aunque siempre el cariño y la hermandad puede más que nosotros y terminamos compartiendo una gran historia, un nuevo problema o un buen Brugal.
Hoy nos metemos en su espacio, El Fogonero, en un juego de provocar al provocador, para compartir con todos sus respuestas a nuestras preguntas.

¿Cómo conviven el teatrista, el periodista y el escritor en tu obra?
El teatrista y el periodista apenas se conocieron, interactuaron muy poco. Cuando llegué a República Dominicana y tuve que ejercer de periodista, hacía más de 10 años que había abandonado el teatro, un oficio para el que no estoy hecho. Soy demasiado individualista, siempre acabo refugiándome en la soledad de las palabras.
En honor a la verdad, nunca me he sentido periodista, como tampoco me creo lo de consultor en estrategias de comunicación. El único oficio que hubiera desempeñado cabalmente es el de ferroviario. Pero desde niño siempre me gustó recrear el mundo que me rodeaba y con los trenes reales no es posible jugar.
Cuando estaba entre teatristas, me sentía escritor. Cuando estaba entre periodistas, me veía como un hombre de teatro. La mayoría de los escritores me parecen muy aburridos y siempre que puedo evito ser como ellos. Me gusta provocar y provocarme, creo que eso es mucho más útil y productivo que tratar de estar de acuerdo siempre.
Ralph Waldo Emerson decía que la confianza en sí mismo está necesariamente asociada al inconformismo. Esa debe ser la razón por la que nunca me conformo. De todos los Camilo que he sido, en el que más pueden creer es ese que los viernes en la tarde sube hasta una montaña con la mujer que ama para sembrar, escribir y esperar la llegada de la neblina.

¿En qué medida prefieres ficcionar la realidad que vives a la que escribes?
Me crié con mis abuelos en una estación de trenes que estaba en medio de un campo. Todos los hechos que ocurrían a nuestro alrededor seguían de largo, rara vez llegaban para quedarse. Soy hijo único, apenas compartía con mis primos durante los recesos escolares.
Eso me convirtió en un ser muy solitario, que se veía forzado a reinventar el mundo que lo rodeaba y a solo tomar de la realidad lo que mejor le sirviera para gestionar su aislamiento. Cuando un tren llegaba, mi abuelo, que era el jefe de estación, veía ferroviarios y pasajeros; yo, en cambio, veía historias, personajes, me inventaba el pasado y el futuro de aquella gente.
Ese mismo recurso después me permitió escribir reportajes, poemas, cuentos… pero básicamente sigo siendo el niño que no se conformaba con lo que le ofrecía la realidad y trataba de trastocarla, primero en su cabeza y después en una hoja de papel en blanco.

¿Cual será tu primera novela?
Padezco del trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad. Eso me hace capaz de plantearme muchísimos proyectos, siempre interesantísimos y muy ambiciosos. Pero me preocupo excesivamente por los detalles, las reglas, las listas, el orden y la organización.
Ese perfeccionismo extremo al final interfiere con mi actividad práctica y los resultados. Por eso soy incapaz de concluir la inmensa mayoría de las cosas que me propongo. Aun así, tengo la esperanza de terminar Atlántida, una novela sobre mi infancia en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.
La he empezado a escribir incontables veces desde 1987, el año en que murió mi abuelo Aurelio y Atlántida, mi abuela, enloqueció. Ahora mismo trabajo en una nueva versión que, en honor a la verdad, es la que más me gusta de todas. Ojalá llegue a ponerle el punto final, me encantaría hacerle ese regalo a Diana Sarlabous.

¿En cuál Cuba aceptarías ser el alcalde del Paradero de Camarones?
Cada vez que digo que el único cargo público que yo aceptaría es el de alcalde de mi pueblo, muchos lo toman a broma. Las veces que lo he puesto en Facebook, por ejemplo, le dan like con la carita de “me divierte”. Sin embargo, siempre lo he dicho en serio, muy en serio.
Me encantaría contribuir a que el Paradero de Camarones real se parezca lo más posible al que tengo clavado en mi nostalgia, al que me imagino cuando lo escribo o reescribo. Procuraría que, además de un bar y una cervecera (sus únicos espacios públicos en la actualidad), tenga una biblioteca, un anfiteatro, un parque, un jardín botánico…
De niño, acompañé varias veces a mi abuelo a las asambleas del pueblo y la gente lo primero que pedía era un cementerio. Como yo solo prometería y haría cosas para los vivos, es muy probable que pierda las elecciones. Aun así, en una Cuba libre y democrática, con todos y para el bien de todos, lo intentaría.
Si alcanzo a ver esa Cuba, por muy viejo que esté, prometo que lo intentaría.

¿Qué te evocan estas palabras: Jeep, Brugal, Thoreau y Diana?
La pasión por los Jeep se la debo a mi padre, que me contaba cómo anduvo en un Willy’s, junto a Camilo Cienfuegos, por el Frente Norte de Las Villas. En un Jeep, también, él me llevó a conocer las alturas y los precipicios del Escambray, la neblina de Topes de Collantes, el torrente del Hanabanilla… Esa es la razón por la que nuestro Grand Cherokee lleva su nombre. Siempre que andamos por las rutas dominicanas, siento que Serafín me acompaña.
El día que llegué a Santo Domingo, Freddy Ginebra me regaló dos botellas de ron Brugal. De una manera inexplicable, el bolso se desfondó y ambas se rompieron. Aunque lo lamenté muchísimo, asumí aquello (según la tradición supersticiosa cubana) como una señal de buena suerte.
Desde hace 10 años colaboro con el equipo de Comunicaciones y Asuntos Públicos de Casa Brugal. Esa asesoría (que es, de hecho, el empleo en el que más he durado en toda mi vida) me ha permitido ser parte de una marca país que representa la identidad de su gente y producir contenidos para uno de los mejores destilados del mundo.
El placer que me produce esa experiencia solo es comparable con el de compartir un Extra Viejo a las rocas en la Loma de Thoreau. Allá arriba, en el corazón de la Cordillera Central dominicana, Diana Sarlabous y yo estamos sembrando un sueño que podemos disfrutar despiertos.
Desde que mi padre me llevó a conocer el Escambray, siempre soñé con subir una loma en mi propio Jeep y dormir en mi propia casa, entre la neblina y las nubes. Junto a Diana logré que eso se hiciera realidad. Con Diana también he logrado ser feliz de la manera más simple, que es queriendo lo que se tiene y teniendo a quien se quiere.
Diana Sarlabous es lo mejor que me ha pasado en mi vida, además de haber tenido hijos, escrito algunos libros y sembrado muchísimos árboles. Por eso cada vez que pronuncio las palabras Jeep, Brugal, Thoreau y Diana, recuerdo que soy un hombre feliz y, lo mejor de todo, lo hago sin tener que pedirle perdón a nadie por esa felicidad.